viernes, 3 de mayo de 2013

La invención más admirable de Leonardo Da Vinci




"No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tú tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas, la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitantes, de acuerdo a tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho ni mortal, ni inmortal. Ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que tú podrás transformarte a ti mismo, en lo que desees."

                                                                                                                       Leonardo Da Vinci

En uno de sus últimos dibujos, el artista italiano Leonardo Da Vinci se representó como un anciano melancólico, con su larga barba al viento, descansando su noble peso en un cayado, mientras contempla el agitado torrente de un río caudaloso que acaso alguna vez quiso canalizar.

Tal vez esa pesadumbre manifiesta la frustración que le provoca a Leonardo la senectud, la cual, clausura de antemano cualquier tentativa de proseguir su labor creativa. Y sin embargo, al hablar de Leonardo nos referimos a alguien que, como pocos, ha encarnado el modelo del inventor genial; el paradigma del hombre poliédrico del Renacimiento: pintor, escultor, científico, estratega militar, músico, literato, atleta, etc.

No muchas figuras de la historia han podido ejemplificar de un modo tan preciso el triunfo del individuo, capaz de controlar diferentes ámbitos de la naturaleza, a través de un dominio total de los saberes y de las artes. Una obra como la suya, rebosante de proyectos monumentales, anticipaciones prodigiosas, creaciones de arte exquisitas y artilugios de toda clase, surgidos de una inspiración infinita, nos hace posible entender el desarrollo cultural de Occidente a partir del Renacimiento

Se observa desde allí una trayectoria de sometimiento absoluto de todos los niveles de la naturaleza, con el fin de explotar al máximo sus recursos. Ha triunfado entonces: nuestros días saturados de tecnología de punta y avances científicos en aumento así lo testimonian.

¿Por qué entonces el gesto nostálgico del anciano del dibujo comentado? Quizá Leonardo en su melancolía, pueda dar una lección más a las nuevas generaciones, una lección de valor y entereza ética diferente a lo que el saber popular y la ortodoxia erudita encontrarían en una figura como la suya. Sólo almas afines a la del artista italiano pueden brindarnos ayuda para comprender plenamente a Leonardo y sus motivaciones.

Michel Foucault, el brillante pensador francés- una de estas escasas almas-, escribió alguna vez: “ Lo que me sorprende es el hecho de que en nuestra sociedad el arte se ha convertido en algo que no concierne más que a los objetos y no a los individuos ni a la vida. Que el arte es una especialidad hecho sólo por los expertos que son los artistas. Pero ¿por qué no podría cada uno hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué esta lámpara, esta casa, sería un objeto de arte y no mi vida?”

Lo que aquí se propone, es que, Leonardo, hubiera coincidido con Foucault en la perspectiva de que: más importante que inventar un entero mundo nuevo, es tener el valor de pensarse diferente, de inventarse diverso. Porque tal vez toda la actividad creativa de Leonardo Da Vinci, no sea más que el heroico intento de auto inventarse como sujeto polifacético, conformado por innumerables saberes y modos de ser. Quizá la preocupación del Leonardo anciano del dibujo, deje traslucir la angustia de que, tan profundo mensaje, mismo que su inmortal labor apenas trasluce, quede en el olvido. Este mensaje vital que legó a la posteridad en donde expresa que, para poder afirmarse humano, es menester reconocer y valorar la libertad inmensa, que otorga saber que el sujeto puede inventarse a sí mismo.

Atreverse a ser diverso y pleno por encima de todo: ser un torrente cristalino sin canalizar, libre y agitado; ser naturaleza humanizada en todas sus facetas o ser simplemente la enigmática sonrisa de una doncella callada. Atreverse a ser. 


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